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2/10/09


Puede que el error más grande fuese pensar que nos equivocamos. Tal vez el miedo fue más que un sentimiento (o acaso es una sensación?), fue un dolor definitivo. Una marca que hicimos a fuego sobre nuestros ojos para no mirar más allá del segundo inmediatamente futuro. Un silencio que no debió existir. Un "pídeme que me quede, y me quedo", que no llegó nunca. Nadie le pidió nada a nadie, y tú me besaste. Lo demás fue una burbuja de aire caliente que nos elevó y nos separó a distintos parajes del mundo a una velocidad imperceptible. Y el mundo nunca dejará de ser inmenso. Tus océanos y mis mares, tus continentes, nuestras islas. Recuerdas nuestras islas? Hablaban el idioma de los tientos, las provocaciones escondidas en los dobladillos de la ropa. Alguien debió advertirnos que con eso no bastaba. Tal vez necesitábamos un impulso certero que nos acercara lo bastante para oírnos sin gritar. Tal vez lo que faltaron fueran ganas.
Demasiados silencios que escondían quejidos con olor a dolor. Toda esa montaña de situaciones que, ahora, son sólo un grano de arena en mitad de un desierto.
Cuanto nos equivocamos. O cuando nos equivocamos.
Cierto que tuvimos momentos en los que supimos que no funcionaría. Pero mereció la pena por todos los demás momentos, esos en los que sentíamos que nada podía fallar.
A estas alturas, el fallo no fue tuyo, ni mío, ni del miedo.
Hoy no existen motivos, sólo la sonrisa torcida y un "pídeme que me quede" que no te dije nunca y que tu no oíste jamás.






-- ¿Es que no entiendes que todo lo que he hecho lo he hecho por ti? ¿Que todo lo que hay de especial en mi eres tú? --



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