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Callejeando

20/10/09


Era mentira, pero era precioso. Como la aurora boreal, visible sólo en momentos y lugares destinados a ella. Así eran las calles dormidas. Las calles que nos abrigaron en las tardes frías de otoño. Un abrazo de nocturnidad que llevaba en su olor todo el calor del día. Pero el calor se hizo eterno, pasó de ser un cálido momento a ser una eternidad candente. Y huí. Corrí tanto como pude, tan rápido que a veces, tenía la sensación de que mis piernas avanzaban solas. Corrí calle arriba, tan lejos, tan lejos, que la ciudad empezó a verse pequeña. Y tú desapareciste.
La música corría conmigo, me perseguía, se metía en mi cabeza y por dentro sólo escuchaba a mi sangre pedir auxilio.
Apareció el sueño leyéndome un cuento, y el aire se posó sobre mis parpados, haciendo que me rindiera en algún rincón de ningún sitio, soñando con nada, meciendo pesadillas en blanco y negro.
Mordiendo telarañas de caricias que sabían a tus recuerdos. Me faltabas, me faltas. Y me sobra todo lo demás. No cuadro en ningún sitio y nada me cuadra sin tus esquemas. Dibujaste una zona muerta, llena de heridas que desangraron lo que éramos. Convertiste el fuego en cenizas. El tiempo seguía esperándote y tú no llegabas. Hasta que entendí que no debías llegar, que nunca hubo tal fuego, y que no desapareciste porque nunca estuviste ahí.
Sólo creí lo que tú querías que creyera, lo que yo quería creer. No fue tanto un error nuestro como mío. Sólo un fallo de coordenadas, en las que la vida me ponía a mí en un punto y a ti en otro diametralmente opuesto.
Si que era una mentira, pero era nuestra. Nuestra y de nadie más. Pude dejar de correr al sentir el frio de nuevo. No hubo más otoño, ni más calles por las que abrazarnos en las esquinas.




-- ¿Cómo dejas que alguien se marche? ¿Cómo sabes que eso está bien, que todo cambia? ¿Cómo encuentras la forma de sentirte a gusto en la vida sin que te parta el corazón? Lo más difícil que puedes aprender, es a decir adiós. --



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